Cada hoja que cae me recuerda que la vida pasa.
De dos apuntes sin fecha conservados en el Archivo General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia.
La fe me hace sentir la cercanía de mis queridos difuntos, así como en el silencio oigo el latido del corazón de un amigo que vela junto a mí. La convicción de que pronto me encontraré con su mirada me anima a vivir de forma que no me tenga que sonrojar ante ellos, y dejar este mundo ya no me aflige.
¡La fe! ¡Qué gran consuelo es para mi alma en estos días en que todo es tristeza y dolor! Cada hoja que cae me recuerda que la vida pasa: cada golondrina que emigra me recuerda a mis seres queridos que dejaron la tierra para ir a la eternidad; y mientras la naturaleza me habla sólo de dolor, la fe sólo me habla de esperanza.
¡Sólo tú, Santa Iglesia Católica, consuelas e iluminas los sepulcros! Nos aseguras que todos los que vivan y crean en Jesús, no morirán eternamente. ¡Y, en prenda de esta esperanza, preparas a nuestros muertos una tierra donde los depositas con el afecto de una madre que recuerda al niño en la cuna y lo besa en la frente por la noche, hasta el alba de un nuevo día!
Al entregar nuestros restos mortales a la tierra tú los colocas, querida y Santa Iglesia de Jesús Crucificado, con la frente hacia el cielo y las manos unidas en actitud de oración, y tus plegarias repiten que la muerte del justo es un dulce sueño, que la tierra de los muertos es tierra de esperanza, custodiada por la Cruz bajo la bóveda del cielo.